Pikachu no te da alergia: por qué algunos españoles prefieren un personaje de ficción a una mascota de verdad
Cuando Lucía, de 28 años y residente en Barcelona, describe a su «compañero emocional», no habla de un golden retriever ni de un gato siamés. Habla de Totoro. Tiene tres peluches del personaje de Studio Ghibli, una mochila con su cara y una figura de edición limitada en la estantería que, según ella, «me mira con más ternura que cualquier persona que haya conocido».
Lucía no está sola. En toda España, y especialmente entre los menores de 35 años, el vínculo emocional con personajes de ficción —ya sean animados, de videojuegos o de series— compite, a veces con ventaja, con la relación que otros establecen con sus mascotas reales. Y lejos de ser una rareza, los expertos en psicología aseguran que este fenómeno dice cosas muy reveladoras sobre cómo procesamos las emociones en el siglo XXI.
El personaje perfecto: siempre disponible, nunca enfermo
Empecemos por lo obvio. Un personaje de ficción tiene una serie de ventajas objetivas que ningún animal real puede ofrecer. No necesita veterinario. No destroza los muebles. No tiene crisis de ansiedad cuando te vas de vacaciones. No muere a los 12 años dejándote destrozado durante meses.
Pero reducir el fenómeno a una cuestión de comodidad sería quedarse muy corto.
La doctora Elena Ruiz, psicóloga clínica especializada en vínculos afectivos en Madrid, lo explica de otra forma: «Los personajes de ficción son proyecciones idealizadas. Representan rasgos que admiramos —lealtad, valentía, ternura— sin las contradicciones que tienen los seres vivos reales. El cerebro responde emocionalmente a esa proyección de manera muy parecida a como lo haría con un vínculo real. No es patología; es imaginación aplicada al afecto.»
Dicho de otra manera: tu cerebro no distingue del todo entre querer a un personaje animado y querer a un animal de verdad, siempre que la conexión emocional sea genuina.
Cuando el fandom se convierte en compañía
Pablo tiene 34 años, vive en Zaragoza y es lo que él mismo define como «fan de nivel medio-alto» de Bluey, la serie australiana de animación. Sí, esa de los perros. Y no, no tiene hijos. Simplemente encontró en los personajes de la serie una representación de la familia y la calidez que le reconforta después de días difíciles en el trabajo.
«Sé perfectamente que Bluey no existe», dice con una sonrisa. «Pero cuando veo un capítulo y Bandit juega con sus hijas, algo en mí se relaja. Es como un abrazo que puedo pedir cuando lo necesito. Una mascota real requiere que yo también esté disponible para ella. Ahora mismo, en mi etapa de vida, no puedo ofrecerle eso.»
Esta última frase es clave. Muchos españoles que eligen la conexión con personajes de ficción sobre la tenencia de mascotas reales no lo hacen por falta de amor hacia los animales. Lo hacen por responsabilidad. Y eso, paradójicamente, habla muy bien de ellos.
El lado oscuro: cuando la ficción reemplaza lo que no debería
Pero no todo son buenas noticias. La doctora Ruiz también advierte del otro extremo: «El problema surge cuando la conexión con personajes de ficción se convierte en un sustituto para evitar vínculos reales —con personas o con animales— porque el mundo real nos parece demasiado imprevisible o doloroso. Ahí sí estamos hablando de algo que merece atención.»
La diferencia está en si la ficción complementa tu vida social o la reemplaza. Un fan que colecciona figuras de Pokémon y también tiene amigos, relaciones y quizás una mascota real, está bien. Una persona que solo se siente cómoda con vínculos que puede controlar completamente porque los reales le generan ansiedad, puede necesitar apoyo.
El matiz importa, y en España seguimos siendo bastante malos distinguiéndolo. Tendemos a o bien normalizar todo («es su hobby, qué le vamos a hacer») o bien patologizarlo todo («ese chico está muy mal»). La realidad, como siempre, es más aburrida y más compleja.
¿Y los niños? La opinión de los psicólogos infantiles
Esta pregunta es especialmente relevante cuando hablamos de familias con hijos pequeños. ¿Es mejor regalarle a un niño una mascota real o dejarle que desarrolle su vínculo con personajes como Simba, Dumbo o los perros de La Patrulla Canina?
La respuesta de los especialistas consultados es unánime: ambas opciones tienen valor, pero sirven para cosas distintas.
Los personajes de ficción, explica la psicóloga infantil Marta Soler desde Valencia, «permiten al niño proyectar emociones en un entorno seguro. El niño puede identificarse con Simba cuando pierde a su padre sin tener que procesar un duelo real. Es un ensayo emocional en un espacio protegido.»
Las mascotas reales, en cambio, enseñan algo que ningún personaje animado puede ofrecer del todo: la reciprocidad imperfecta. Un perro real tiene sus propios estados de ánimo. A veces no quiere jugar. A veces está enfermo. A veces muere. Y aprender a gestionar todo eso —el amor no correspondido en el momento que uno quiere, la pérdida inevitable— es una lección emocional de un valor incalculable.
«Lo ideal», concluye Soler, «sería que los niños tuvieran acceso a ambas experiencias. Pero si hay que elegir, una mascota real enseña cosas sobre el mundo que la ficción no puede replicar completamente.»
El merchandising como vínculo: el negocio detrás del amor
Hay otro ángulo que no podemos ignorar: el económico. La industria del merchandising de personajes en España mueve cifras astronómicas precisamente porque sabe que esa conexión emocional es real y poderosa. No compramos una taza de Ghibli porque sea una taza bonita. La compramos porque cada vez que la usamos, activamos ese vínculo afectivo que tenemos con el personaje.
En ese sentido, las mascotas de ficción son un negocio redondo: generan el mismo apego emocional que una mascota real, pero el «cuidado» se traduce en comprar más productos. No hay que juzgarlo, pero sí conviene ser consciente de ello.
Como dice Pablo desde Zaragoza con bastante lucidez: «Sé que Bluey me hace comprar cosas. Pero también sé que me hace sentir bien. Mientras no me arruine y no me impida tener vida real, creo que el trato es justo.»
¿Qué dice de nosotros como sociedad?
Que en 2024 haya millones de españoles con vínculos emocionales profundos tanto con mascotas reales como con personajes de ficción dice algo interesante sobre nuestra época: somos una generación hambrienta de conexión y ternura, navegando en un mundo que a menudo se siente frío y acelerado.
Las mascotas reales nos anclan al presente, nos obligan a cuidar, nos recuerdan que somos responsables de algo más que nosotros mismos. Los personajes de ficción nos ofrecen refugio, nostalgia y una versión del mundo donde los valores que admiramos siempre triunfan.
Ninguno de los dos es mejor ni peor. Son diferentes formas de llenar la misma necesidad humana: la de no estar solos y la de amar algo.
Y si eso significa tener un gato durmiendo en tu regazo mientras ves una peli de Pixar llorando a moco tendido, bueno. En Mascotijos lo entendemos perfectamente. De hecho, lo celebramos.