Modales de dibujos animados: cuando los personajes ficticios nos dan vergüenza ajena de nosotros mismos
Photo: Nicktoons, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons
Hay una escena en Los Aristogatos que resume perfectamente la crisis moral de nuestra época. Marie, la gatita blanca más repipí de la historia del cine de animación, le recuerda a sus hermanos que las damas no empiezan a comer antes que los caballeros. Tiene cuatro semanas de vida, vive en París y tiene más etiqueta que el noventa por ciento de los asistentes a cualquier boda española de verano.
Y lo peor es que nos da envidia.
Bienvenidos a uno de los fenómenos culturales más curiosos de nuestra sociedad: la tendencia a buscar lecciones de comportamiento en criaturas de tinta y píxeles que, por definición, no existen. Desde Mascotijos lo hemos analizado con la profundidad que merece el asunto y con el humor que nos permite sobrevivir a las conclusiones.
El código de conducta que nos impuso la televisión
Durante décadas, los dibujos animados funcionaron en España como una especie de manual de instrucciones social no declarado. Mientras los padres trabajaban y los abuelos ponían el telediario, una generación entera se educó viendo cómo los personajes animados gestionaban conflictos, expresaban gratitud y, en algunos casos, demostraban una paciencia que rozaba lo divino.
Pensemos en Dumbo. El elefante más humillado de la historia del entretenimiento familiar no le guarda rencor a nadie, perdona a su madre ausente y convierte su mayor defecto en su mayor virtud. Es, básicamente, el manual de autoayuda más completo del siglo XX, solo que con orejas gigantes y sin cobrarte veintidós euros en el aeropuerto.
«Los personajes animados clásicos funcionaban como arquetipos morales», explica la profesora de comunicación audiovisual Teresa Vidal, de la Universidad de Navarra. «No de forma explícita, sino a través de la identificación emocional. El niño no aprende que debe ser generoso porque se lo digan: lo aprende porque ve a Baloo compartir sus plátanos y siente que eso es lo correcto».
Looney Tunes: la escuela del caos con consecuencias
Pero no todos los modelos animados eran ejemplos de virtud. El universo de Looney Tunes funcionó durante generaciones como un catálogo de conductas inadecuadas que, curiosamente, siempre tenían consecuencias visibles. El Coyote nunca atrapa al Correcaminos. Elmer Fudd nunca caza a Bugs Bunny. Silvestre nunca se come a Piolín.
Hay una lección ahí, aunque esté envuelta en dinamita y anviles cayendo del cielo: la perseverancia obsesiva sin estrategia solo lleva al despeñadero. Literalmente.
«En España teníamos una relación muy particular con Looney Tunes», recuerda el humorista gráfico Jorge Palomino, que creció en Zaragoza en los ochenta. «Era la ventana a un tipo de humor absurdo que aquí no teníamos tanto en la cultura popular. Nos enseñó que la violencia slapstick es graciosa siempre que le pase a otro, que es básicamente la base de toda comedia española desde Quevedo».
Marie contra la realidad: el choque cultural que nadie esperaba
Volvamos a Marie, porque se lo merece. La gatita de Los Aristogatos representa un ideal de comportamiento que, si lo trasladamos a la España actual, produce un cortocircuito cognitivo inmediato.
Marie no interrumpe. Marie da las gracias. Marie no pone los codos en la mesa. Marie espera su turno. Marie, básicamente, haría llorar de orgullo a cualquier madre española de los setenta.
La ironía es que Marie es un personaje de 1970, creado por un estudio americano, ambientado en el París de 1910 y protagonizado por gatos. Y sin embargo, varias generaciones de españoles han crecido con la vaga sensación de que deberían comportarse más como ella en las reuniones familiares.
«Es el síndrome del espejo inalcanzable», teoriza Vidal. «Proyectamos en los personajes de ficción los valores que admiramos pero que nos cuesta practicar. Y como son ficticios, nunca nos fallan: Marie siempre tiene buenos modales porque nadie la ha sentado en una cena de Navidad con su familia política».
El Libro de la Selva y la lección que nadie pidió
Si Marie es la reina de la etiqueta, Baghira —la pantera negra tutora de Mowgli— es el maestro de la responsabilidad que ningún adulto de hoy en día quiere escuchar. Baghira se preocupa, planifica, avisa de los peligros y pone límites con amor. Es, en esencia, el padre que todos merecíamos y que muchos de nosotros intentamos ser los lunes por la mañana antes de que todo se desmadre.
Lo fascinante es que Baghira es una pantera. Carnívora. Salvaje. Que vive en la jungla. Y aun así modela mejor la paternidad responsable que varios reality shows de crianza contemporáneos juntos.
«Los personajes animales clásicos tienen una ventaja enorme sobre los personajes humanos: no tienen ego», apunta Palomino. «Un padre humano en una película tiene que demostrar algo, tiene conflictos propios, falla de maneras reconocibles. Baghira solo tiene que cuidar a Mowgli. Esa pureza de propósito es lo que hace que sus lecciones calen tan hondo».
¿Qué dice de nosotros que busquemos modelos en los dibujos?
Aquí es donde la cosa se pone filosófica, con permiso. El hecho de que los españoles —y en general, los humanos de la segunda mitad del siglo XX— hayamos interiorizado códigos de conducta a través de personajes animados no es un signo de inmadurez colectiva. Es, más bien, un reflejo de cómo funciona realmente el aprendizaje moral: a través de historias, de emociones y de identificación.
Aristóteles ya lo decía, aunque él usaba tragedias griegas en lugar de gatitas parisinas. La catarsis emocional que produce una buena historia es el mecanismo más eficaz para cambiar comportamientos. Disney lo entendió. Hanna-Barbera lo entendió. Incluso el equipo de Looney Tunes lo entendió, aunque lo expresaran con más explosiones de lo habitual.
La conclusión incómoda
Al final de este recorrido por el zoológico de la etiqueta animada, nos quedamos con una verdad difícil de ignorar: muchos de nosotros tenemos mejores referentes de comportamiento en nuestra memoria de infancia televisiva que en nuestra experiencia adulta cotidiana.
Marie tiene más clase que la mayoría en una reunión de trabajo. Baghira tiene más paciencia que muchos padres en el coche camino al colegio. Incluso el Coyote, en su fracaso perpetuo, demuestra una persistencia que muchos proyectos empresariales envidiarían.
Así que la próxima vez que alguien te diga que ves demasiados dibujos animados, puedes responderle con total tranquilidad: «Estoy perfeccionando mi etiqueta». Y si lo dices con el tono de Marie, mejor todavía.